domingo, 18 de diciembre de 2011

En esta Navidad

En esta Navidad no he escogido

bombillas de colores.

No he escrito cartas todavía.

Ni he descorchado botellas de celebración.


En esta Navidad estoy tan lejos

que me dejo arrullar por los lobos.

Y aún no he buscado un árbol

que pueda alojar una certeza,

un triste recuerdo entre sus ramas.


Es éste, un invierno helado:

un eco extraño de antiguos villancicos

que dibujan torpemente navidades lejanas.


En esta Navidad todo es tan solitario.

Tan irreal, fugaz, la eterna noche;

las páginas inciertas del nuevo calendario.


En esta Navidad me escurro,

y presumo que soy tan indiscreto

como el vagar sin norte de un animal enamorado.


Tres camellos suben

un silencio de estrellas.

Triste danza, ilusoria,

en el gélido salón de la utopía...

...el rastro inalcanzable de una noche sin guerras.


En esta Navidad soy sólo un árbol desnudo.

Sin luces.

Sin adornos.


© Alejandro Frías

martes, 6 de diciembre de 2011

Zozobra

   "Como los barcos, los hombres zozobran una y otra vez".

   Zozobrar y zozobrar, y siempre zozobrar. El dulce latigazo del agua en los costados. La muerte aleteando, reptando, clavando una gélida mirada sobre la inexistente coraza de los corazones.

   Quizá los que cada domingo llenan los estadios, o los que hacen cola una vez al mes para cobrar el subsidio de desempleo, o aquella chica que abre las piernas por el precio de medio gramo de heroína; o tal vez el taxista que aguarda paciente, con la colilla del puro en los labios, a que alguien abra la puerta de su automóvil con la intención de desplazarse a otro lugar, apenas un centímetro de vida; tal vez ellos, y tal vez todos ellos, lleven consigo una respuesta ignorada... Mas todos zozobramos. Todos flotamos en una inefable y terrible incoherencia.

   Pesadamente, comienzo a desnudarme mientras alguien -Alicia- deja caer la aguja del tocadiscos sobre el negro vinilo habitado por estridencias eléctricas. Cuando corro las cortinas, la bofetada solar queda reducida a multitud de dispersas huellas dactilares. El maullido de los gatos se ha atrincherado en la casa de Géminis y el trino de los pájaros ha venido a ocupar el lugar que antes tuviera la voz de los felinos.

   Como los barcos, me dejo vencer por el sueño. La vida ha acabado un día más; una vez más me voy, me ausento...

© Alejandro Frías

lunes, 21 de noviembre de 2011

Jinete sin rostro
que abona los campos de lágrimas.
A veces detenido un instante
en la esperanza fugaz de una sonrisa;
el descarrilamiento mortal
del corazón acelerado.

Allí me entretengo,
derramando preguntas;
inagotable filón de voces geométricas.
La habitación del deseo amueblada.
La habitación del alma
eternamente vacía.

La habitación del sueño,
con todos sus enseres 
bajo el polvo azul,
frontal, de los relojes.

Al otro lado me tiendo
de esa noche de abismo
y olas negras,
enteramente atravesado;
como el triste poeta
de la cama desnuda
que no tiene más que circunloquios,
nada más que tristeza.

Herida que traspasa mi cuerpo ficticio,
lacerante saeta que me llena de nieve;
interrogación pesada, 

cual gancho de acero.

© Alejandro Frías

jueves, 3 de noviembre de 2011

Cordón del tragaluz de tus tobillos,

cinturón de esperanza en tus talones,

telaraña que besa los rincones

donde vagan mis ojos amarillos.


Marinero en la proa de tus caderas,

voyeur en la cubierta de tu falda,

timonel en la curva de tu espalda,

pirata despojado de banderas.


Apátrida en la cárcel de tu pecho,

presidiario en el sol de tu mirada,

carámbano de hielo en esa roca.


Felino de tus labios al acecho,

cautivo de mi pluma enamorada,

mercenario en el puerto de tu boca.

© Alejandro Frías

martes, 18 de octubre de 2011

LORCA 11. La noche más larga.

   "LORCA 11. La noche más larga" es un libro de poemas que se editó con motivo del terremoto que asoló dicha ciudad el pasado día 11 de mayo para recaudar fondos con que ayudar a los damnificados del terrible suceso. En él colaboran de forma desinteresada un total de 159 escritores.

   El libro puede adquirirse en la siguiente dirección de correo electrónico: librolorca11@hotmail.com




   Transcribo aquí lo que fue mi humilde aportación:


Estaba bebiendo versos,

surcando ensimismada el cielo de un poema.

La tarde apacible

de un once de mayo.

El libro en las rodillas

como una dulce promesa,

una suposición de cielo con estrellas.


Estaba bebiendo versos.

La niña estaba...

...cuando la tierra tiembla.


Allí los gritos, los lamentos,

aquí las grietas y las piedras,

el vuelo fantasmal de un campanario.

Una embestida de sombras, de tormenta.

La intrínseca protesta de la tierra.


Aquí una mano asomando entre las flores,

allí una risa hundida en la tragedia.

Una voz,

que ya no es voz,

que se ha apagado;

esculpida como un sueño,

forjada entre los ecos de un poema.


Estaba bebiendo versos.

La niña estaba...

..cuando la tierra tiembla.


© Alejandro Frías

lunes, 17 de octubre de 2011

Por recordarte

Por recordarte 
mi corazón no duerme. 

Por recordarte 
mi corazón es un templo donde cantan tristes corales; 
infantes rubios vestidos de oro 
llenan un largo espacio de clarines, 
besan con fuerza un valle y lo repoblan, 
cantan con voces lacias, 
crepusculares.

Hay un paseo de flores inmaculadas
que nunca marchitaron.

Allí,
donde aún descansa tu mirada, 
hay un jardín secreto que se ensancha, 
que dobla y desajusta meridianos. 
Allí, 
nunca la oscuridad me visitaba, 
tan sólo amanecía. 

Hay un rumor de pájaros y auroras 
bajo un clamor lejano de campanas. 
Miles de mariposas sin pauta ni gobierno 
buscan tus pechos en la hierba, 
cambian sobre su lecho las escamas... 

...hay un rayo de sol que me atraviesa 
cruzando un laberinto de ventanas. 

Por recordarte 
mi corazón no canta; 
ya no tiene palabras, 
ni recorre caminos. 
Todo es en ÉL espacio de tu huella; 
todo presencia de tu olvido. 

A menudo quisiera descender 
a aquel pasado verde 
y bajo angustiado los peldaños 
de uno en uno, 
camino su horizonte de espinas y malezas 
buscando ese lugar donde tus labios se perdieron. 
A menudo la noche me sorprende 
caminando hambriento 
sin hogar y sin palabras. 
Yo sé que allí siguen tus ojos siendo míos, 
y sé que yace indiferente al paso de la historia 
el beso de tus labios repartido. 

Por recordarte

mi corazón no vuela;

ya no tiene ni cielo ni estrellas.

© Alejandro Frías

jueves, 6 de octubre de 2011

Volando voy.

   He pedido un café y voy a largarme sin pagarlo. Es más, ni siquiera voy a tomármelo, y tampoco voy a esperar a que me lo sirvan.

   El sol brilla en su lecho de parque de atracciones, en ese tobogán que ha fecundado las mil y una injusticias. ¡Viva el sol! ¡Agradecedle, hijos de la tierra, corbatas sin cabeza, agradecedle su luz y su calor, porque gracias a él podéis seguir pisando los hombros de los negros y de los comanches, los cuellos invisibles, insensibles, de la clase trabajadora y de las cucarachas con cojones "made in Japan"! ¡Oh, dios Sol, yo te alabo! Te envío mis oraciones y mis ruegos, mi pecho de enano y mi locura. Caliéntame los huesos y sígueme engañando, y no permitas que nadie, ni amigo ni enemigo, ni hombre ni mujer, comprenda que soy un esclavo, un insecto que ha olvidado su destino y su pasado; un gusano a quien los otros gusanos le impiden convertirse en mariposa.

   Me alejo del café volando, desplegando unas alas de colores llamativos, dejando en el aire una sensación de lluvia de escamas, y el camarero me grita con el café en la mano, me señala con el dedo y pronuncia palabras incomprensibles, pero yo estoy muy por encima de su ira, muy por encima de los terrados de los hoteles para turistas. Lo miro desde esta altura de escalones de algodón y le arrojo una moneda de euro, y la clientela del bar me mira a su vez con ojos de insecto sin mandíbulas, con cara de adoquín sin dimensiones.

   Planeo sobre la playa y el espectáculo que veo es un cuadro soñado por Picasso. No entiendo nada. No tengo talento suficiente. Me falta genio, sangre, delirio. Gente tostándose, toallas, pieles de naranjas, quioscos de helados, coches aparcados, abrelatas, relojes adelantados, sostenes en desuso, dentaduras sucias, sonrisas sucias, rostros blasfemos, pechos arrodillados... Planeo sobre ellos y les arrojo cheques al portador, inmaculados cheques de vida que el miedo y la desconfianza, la cobardía y la resignación les impide recoger. Hago un par de piruetas en el aire. Ensayo el tirabuzón, el rulo, el descenso en picado, y me aplauden con las cejas mientras utilizan las manos para limpiarse el culo, los pantalones, los bañadores sucios.

   Planeo sobre la playa y sobre el agua, y me detengo a echar una meada sobre la ola de Colón. Maldigo a las sirenas tristes y almuerzo lágrimas humanas sentado a la mesa del rey de los delfines. Planeo sobre las islas y mis alas me leen Historia y Geografía. Hago una escala en la capital, el tiempo suficiente de escupir a la cara del Gobierno, de los jueces y los burócratas, de los esclavos y los hipócritas, y sigo mi viaje hacia otros lares, otras épocas, otras edades, y encuentro a Caín llorando la pérdida de Abel en su lecho de muerte, besándolo en los labios, cambiando la Historia en una vaharada de cerilla. Me arranco las plumas y reclamo el invento de la rueda. Y entonces lloro. Me abrazo a Caín y lloro. Los dos lloramos, y veo en sus lágrimas que el hombre de los mil árboles no existe, que ha sido muerto escarbando en el útero del Padre Dios; que ha habido un error de Cálculo, un paro cardíaco en la vagina de la Humanidad.

   Cuando vuelvo a pisar tierra firme se han secado mis lágrimas. Mi corazón está sereno, mi hambre mitigada. Soy el zombi que ha equivocado el lugar donde se encuentra el cementerio, el hombre que se aburre bajo el árbol caduco. Camino desnudo por la acera y me voy a buscar un batido de vainilla...

© Alejandro Frías