viernes, 23 de septiembre de 2011

La enfermedad de no tenerte

La enfermedad de no tenerte tengo,
de no verte a mi lado la epidemia.
Me despierto sin sangre, y es anemia
que viene adonde voy, va donde vengo.

Se extiende hasta mi sombra esa pandemia,
navega por mis venas la dolencia.
Tu ausencia es un pecado, que no ciencia,
un pecado mortal, no una academia.

No hay hospital, ni apósito, ni venda,
ni cura, ni galeno, ni receta
que extirpen el sabor de este brebaje.

Sin un sólo propósito de enmienda,
me hiere el corazón con su saeta,
me inunda de dolor con su oleaje. 


© Alejandro Frías

sábado, 3 de septiembre de 2011

Abril a mediodía

   Ligeramente protegido por el plástico oscuro de mis gafas de sol, salgo a visitar el sol de abril. Abril a mediodía, cuando el sol puede escupirnos seguro de hacer diana, cuando sus rayos se descuelgan sobre nosotros con matemática verticalidad, cuando los búhos no existen y las cucarachas preparan el próximo golpe, cuando Claro de Luna se afeita el pubis y Robinsón Crusoe se oculta al paso de los hidroaviones. Abril a mediodía, con todo el maremágnum de haraganes de vida diurna bostezando en las terrazas de los cafés. Y los albañiles, con su algazara, con su pausa de longaniza y vino peleón, de "Viva el Betis manque pierda"; y los estudiantes, que han hecho novillos para matar marcianos luminosos, para robarse un beso de goma de mascar de fresas y sembrarse un suspenso honorífico; y los que están en el paro y los que cobran el desempleo, que una vez más han logrado huir de sus esposas, de sus madres, de las cadenas y el látigo del hogar; de las facturas, que planean amenazantes sobre la hucha de sus corazones, de su esperanza; y los poetas y los locos y los drogadictos y las putas, que sueñan cada uno con su libertad desde esa pequeña cárcel de rutinas donde sólo llueve ron y ases de espadas; y los taxistas y los usuarios de los taxis y los funcionarios y los que a duras penas funcionan y los que buscan la soledad con el periódico y los que creen huir de ella con la tertulia. Los clientes de cada día y los de hoy y quizá también mañana en la terraza del café, frente a un rato de un euro con veinte y bajo el sol de abril a mediodía, cuando puede escupirnos sin tener que lanzar sus rayos en parábola.

© Alejandro Frías