martes, 30 de agosto de 2011

Cuando llegues

Cuando llegues,
yo estaré allí sentado con las alas nuevas
y tú saludarás sin mover los labios.
Ese momento
ha de ser tan amplio
que brotará la luz bajo la arena
y en el camino.
Muy por debajo
se quebrarán las uñas de los años
y morderán el polvo las sirenas.
Ya no podrá reinar el sol ni repartir estrellas.
No existirá en las olas muerte lenta.
Todo será soplo sin voz.
Todo Cuaresma.

Nos encontraremos,
apáticos y umbríos entre el vaho de las piedras,
y bailaremos sin pudor entre las cañas
una danza
callada y dulce,
lenta y perpetua.



© Alejandro Frías



jueves, 11 de agosto de 2011

Tus ojos por mi pecho miran verdes

Hay en mis venas más tormenta cuando, loco
preso de tu mirada,
yo te miro.
Cuando desnuda me conviertes en montaña.
Cuando nocturna me derrocas en un río.

Como una llama desnuda que se aviva
todo me empujo por tu piel enajenada,
todo mi acento en tus entrañas se consume.
Profano porvenir
que me acapara.

Cuando la brisa mueve caracoles por tu falda
hay un tumulto milenario de escaleras,
de tambores;
algo se esconde por pasillos en mi mente,
y abre ventanas
y las cierra.

Tus ojos por mi pecho miran verdes,
a veces los escucho cuando callas.

Cuando la tarde se pasea por tus cabellos
todos los sueños se detienen,
todas las luces se me encienden en el alma..


© Alejandro Frías

miércoles, 3 de agosto de 2011

Lento y monótono juego

   El sol brilla alto en el cielo. Hoy, un cielo limpio, sin nubes. Una ligera brisa levanta minúsculas olas, apenas unos jirones de espuma se dibujan sobre el mar de la bahía. A pesar del buen tiempo, la playa es inmensa, solitaria. Unos pies descalzos se hunden en la arena; uno de ellos sangra por una pequeña herida recién abierta en un dedo y se deja cojear ligeramente. El hombre no le da más importancia de la que para él tiene. Junto a una roca se detiene y va a sentarse sobre ella. El mar es hoy muy bello. El hombre deja primero la mirada perdida en levante, mar adentro; después contempla la orilla. Su mirada es interna y abstraída; puede que no exprese nada y podría decir casi todo, pero nadie, salvo el mar quizá, puede aproximarse a ella. En la orilla, una botella juega con las olas y entra y sale del mar a capricho de éstas. Ahora, los ojos grises del hombre juegan también al mismo lento y monótono juego. Son los tres, en este momento, una misma cosa; como un sencillo mecanismo ajeno e inmune a la descomposición que sobre la materia ejerce el óxido del tiempo. El hombre, la botella, las olas: podrían estar así cien años.

© Alejandro Frías