martes, 18 de octubre de 2011

LORCA 11. La noche más larga.

"LORCA 11. La noche más larga" es un libro de poemas que se editó con motivo del terremoto que asoló dicha ciudad el pasado día 11 de mayo para recaudar fondos con que ayudar a los damnificados del terrible suceso. En él colaboran de forma desinteresada un total de 159 escritores.

El libro puede adquirirse en la siguiente dirección de correo electrónico: librolorca11@hotmail.com



Transcribo aquí lo que fue mi humilde aportación:


Estaba bebiendo versos,
surcando ensimismada el cielo de un poema.
La tarde apacible
de un once de mayo.
El libro en las rodillas
como una dulce promesa,
una suposición de cielo con estrellas.


Estaba bebiendo versos.
La niña estaba...
...cuando la tierra tiembla.


Allí los gritos, los lamentos,
aquí las grietas y las piedras,
el vuelo fantasmal de un campanario.
Una embestida de sombras, de tormenta.
La intrínseca protesta de la tierra.


Aquí una mano asomando entre las flores,
allí una risa hundida en la tragedia.
Una voz,
que ya no es voz,
que se ha apagado;
esculpida como un sueño,
forjada entre los ecos de un poema.


Estaba bebiendo versos.
La niña estaba...
..cuando la tierra tiembla.


© Alejandro Frías

lunes, 17 de octubre de 2011

Por recordarte

Por recordarte 
mi corazón no duerme.

Por recordarte
mi corazón es un templo donde cantan tristes corales;
infantes rubios vestidos de oro
llenan un largo espacio de clarines,
besan con fuerza un valle y lo repoblan,
cantan con voces lacias,
crepusculares.



Hay un paseo de flores inmaculadas
que nunca marchitaron.
Allí,
donde aún descansa tu mirada,
hay un jardín secreto que se ensancha,
que dobla y desajusta meridianos.
Allí,
nunca la oscuridad me visitaba,
tan sólo amanecía.

Hay un rumor de pájaros y auroras
bajo un clamor lejano de campanas.
Miles de mariposas sin pauta ni gobierno
buscan tus pechos en la hierba,
cambian sobre su lecho las escamas...

...hay un rayo de sol que me atraviesa
cruzando un laberinto de ventanas.

Por recordarte
mi corazón no canta;
ya no tiene palabras,
ni recorre caminos.
Todo es en ÉL espacio de tu huella;
todo presencia de tu olvido.

A menudo quisiera descender
a aquel pasado verde
y bajo angustiado los peldaños
de uno en uno,
camino su horizonte de espinas y malezas
buscando ese lugar donde tus labios se perdieron.
A menudo la noche me sorprende
caminando hambriento
sin hogar y sin palabras.
Yo sé que allí siguen tus ojos siendo míos,
y sé que yace indiferente al paso de la historia
el beso de tus labios repartido. 



Por recordarte
mi corazón no vuela;
ya no tiene ni cielo ni estrellas.


© Alejandro Frías

jueves, 6 de octubre de 2011

Volando voy.


   He pedido un café y voy a largarme sin pagarlo. Es más, ni siquiera voy a tomármelo, y tampoco voy a esperar a que me lo sirvan.
   El sol brilla en su lecho de parque de atracciones, en ese tobogán que ha fecundado las mil y una injusticias. ¡Viva el sol! ¡Agradecedle, hijos de la tierra, corbatas sin cabeza, agradecedle su luz y su calor, porque gracias a él podéis seguir pisando los hombros de los negros y de los comanches, los cuellos invisibles, insensibles, de la clase trabajadora y de las cucarachas con cojones "made in Japan"! ¡Oh, dios Sol, yo te alabo! Te envío mis oraciones y mis ruegos, mi pecho de enano y mi locura. Caliéntame los huesos y sígueme engañando, y no permitas que nadie, ni amigo ni enemigo, ni hombre ni mujer, comprenda que soy un esclavo, un insecto que ha olvidado su destino y su pasado; un gusano a quien los otros gusanos le impiden convertirse en mariposa.
   Me alejo del café volando, desplegando unas alas de colores llamativos, dejando en el aire una sensación de lluvia de escamas, y el camarero me grita con el café en la mano, me señala con el dedo y pronuncia palabras incomprensibles, pero yo estoy muy por encima de su ira, muy por encima de los terrados de los hoteles para turistas. Lo miro desde esta altura de escalones de algodón y le arrojo una moneda de euro, y la clientela del bar me mira a su vez con ojos de insecto sin mandíbulas, con cara de adoquín sin dimensiones.
   Planeo sobre la playa y el espectáculo que veo es un cuadro soñado por Picasso. No entiendo nada. No tengo talento suficiente. Me falta genio, sangre, delirio. Gente tostándose, toallas, pieles de naranjas, quioscos de helados, coches aparcados, abrelatas, relojes adelantados, sostenes en desuso, dentaduras sucias, sonrisas sucias, rostros blasfemos, pechos arrodillados... Planeo sobre ellos y les arrojo cheques al portador, inmaculados cheques de vida que el miedo y la desconfianza, la cobardía y la resignación los impide recoger. Hago un par de piruetas en el aire. Ensayo el tirabuzón, el rulo, el descenso en picado, y me aplauden con las cejas mientras utilizan las manos para limpiarse el culo, los pantalones, los bañadores sucios.
   Planeo sobre la playa y sobre el agua, y me detengo a echar una meada sobre la ola de Colón. Maldigo a las sirenas tristes y almuerzo lágrimas humanas sentado a la mesa del rey de los delfines. Planeo sobre las islas y mis alas me leen Historia y Geografía. Hago una escala en la capital, el tiempo suficiente de escupir a la cara del Gobierno, de los jueces y los burócratas, de los esclavos y los hipócritas, y sigo mi viaje hacia otros lares, otras épocas, otras edades, y encuentro a Caín llorando la pérdida de Abel en su lecho de muerte, besándolo en los labios, cambiando la Historia en una vaharada de cerilla. Me arranco las plumas y reclamo el invento de la rueda. Y entonces lloro. Me abrazo a Caín y lloro. Los dos lloramos, y veo en sus lágrimas que el hombre de los mil árboles no existe, que ha sido muerto escarbando en el útero del Padre Dios; que ha habido un error de Cálculo, un paro cardíaco en la vagina de la Humanidad.
   Cuando vuelvo a pisar tierra firme se han secado mis lágrimas. Mi corazón está sereno, mi hambre mitigada. Soy el zombi que ha equivocado el lugar donde se encuentra el cementerio, el hombre que se aburre bajo el árbol caduco. Camino desnudo por la acera y me voy a buscar un batido de vainilla...


© Alejandro Frías

lunes, 3 de octubre de 2011

Todavía en abril.

   La playa está decorada con los primeros turistas: bañistas de abril, que se desnudan para que el sol sea más certero con sus escupitajos de oro; de vida, he de reconocer. Dentro de pocas semanas el horizonte será un vídeo de "parlevufranse?" y "duyuspikinglis?", de botes de bronceador y cartas de refrescos y también de pechos protuberantes y rubias de campari.
   Me quito las zapatillas e introduzco un pie en el agua, y sueño con palmeras sin áticos, con horizontes mojados, con seres de auténticos instintos animales, de razón irracional -o irracional razón-, con chimpancés genuinos que aún no han oído hablar de la caída del dólar.

© Alejandro Frías