lunes, 19 de enero de 2015

El sueño de Robin


  Arena blanca y palmeras. Altas como jirafas, como torres de hormigón. Aguas transparentes y, aquí y allá, los restos del naufragio. Estoy solo y perdido,  al menos eso creo, en esta isla desierta. Soy Robinsón, y ahora sólo me falta una mujer para alcanzar la felicidad. Una mujer a la que poder montar, en lugar de soñar con islas paradisíacas.
   Todo aquello que me ataba a mi pasado ha sido arrastrado por las aguas de este océano de muerte; o de salvación, según se mire. Mis dos maletas compradas en las rebajas, mi aparato de radio, el despertador, el cepillo de dientes, una corbata blanca especial para la estación calurosa, un par de preservativos que había traído por si se presentaba la ocasión, el número de teléfono de mi novia, mis zapatos bicolor y hasta mi reciente corte de pelo. Todo aquello que puede intuirse observando la fotografía de un carnet de identidad, descifrando el trazo de una firma.


   Y ahora qué...


   Estoy solo en esta inmensidad de arena blanca. Rodeado por este infranqueable ejército botánico. Palmeras verdes y rebosantes de cocos, de frutos tropicales. Árboles tan altos como los edificios de Madrid, o la antena de mi aparato de radio. E insisto en que ahora todo lo que necesito es una hembra a la que poder montar; una mujer sobre la que poder descargar la soledad de mi alma inquieta. Un cuerpo con un par de tetas que se haga acreedor de todas las preguntas sin respuesta. Una media naranja con una hendidura de vida entre los muslos.


   Ahora qué...

   La playa es grande, como Madrid en invierno, en las horas de tráfico, cuando intentar atravesar la ciudad es tan inútil como esperar tras una ventanilla un papel con el sello del Estado. Solitaria, como Madrid en verano, cuando sólo hay espacio para abanicos y cucuruchos de vainilla, y cucarachas. Blanca y azul y verde como Madrid en los sueños de un ecologista loco.
 © Alejandro Frías

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